Enfermedad mental y producción artística: más allá de los síntomas.

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Diciembre, cuidad de Arles al sur de Francia, 1888: Vincent Van Gogh se corta casi por completo su oreja izquierda y tras vendar su cabeza, se dirige a un prostíbulo cercano donde se la entregaría a una joven que trabajaba allí limpiando el lugar. En 1890, moriría dos días después tras haberse disparado a sí mismo en el pecho o en su estómago, la historia tiene muchas versiones. Lo anterior podría indicar que se trataba de algún episodio psicótico aunado a un trastorno depresivo francamente grave, para que el artista haya tenido una vida en general errática y haya decidido acabar con ella de una manera tan contundente, al parecer poco o no premeditada y sin el ánimo de pedir ayuda cuando aún agonizaba. ¿Qué diagnóstico tenía Van Gogh, cuáles eran sus síntomas, qué tratamiento recibió? Teorías y supuestos existen muchos, y en esta oportunidad no me voy a ocupar en la labor morbosa de escudriñar en la semiología psiquiátrica que varios han creído identificar en la vida del artista, me ocuparé en algo mucho más interesante y que de alguna manera, podría halagar a artistas como Van Gogh y a los contemporáneos: sus más hermosas obras nacieron cuando mejor estaba, por lo menos en cuanto a su salud mental. También quiero aprovechar para desmitificar la creencia que suele tenerse de que el artista (por lo menos en cuanto a artes plásticas) muestra al mundo sus mejores producciones cuando más comprometida está su salud mental, creyendo que por estar cursando con episodios depresivos, franca ansiedad o ideas suicidas o psicóticas (que de por sí encuentro bastante triste, poco interesante y además frívolo), será sobresaliente: las mejores obras han nacido cuando mejor ha estado el artista. No quiero decir que en episodios de tristeza o dudas existenciales no se obtengan piezas maravillosas, lo que quiero decir es que no hay que esperar el sufrimiento psíquico para pensar que en ese momento la producción artística sea excepcional. Sufrir no va de la mano con la creatividad y la magnificencia artística. No necesariamente.

Hace aproximadamente un año y medio tuve la oportunidad de escuchar una charla muy interesante llevada a cabo por un psiquiatra y psicoanalista en el contexto de un simposio de psiquiatría, quien hablaba precisamente de Van Gogh y de sus obras más reconocidas, planteando la inquietud respecto a un dilema ético en cuanto a la psiquiatría y las artes. Argumentaba que si Vincent Van Gogh hubiera recibido un tratamiento oportuno para la enfermedad mental que padecía (esquizofrenia, trastorno afectivo bipolar, se ha dicho de todo), seguramente el mundo no tendría hoy la fortuna de conocer sus maravillosas obras. Por otro lado, expresaba que también hubiera sido bastante injusto no proporcionarle un tratamiento indicado para sus padecimientos, privando entonces a la humanidad de su legado. Lo cierto en este punto es que no podemos quedarnos en una discusión ética ni moral, mucho menos cuando sí se sabe, gracias a la historia del arte y sus múltiples investigaciones, inclusive por lo evidenciado en las cartas que el artista escribía a su hermano Theo, en las que le contaba con regocijo cómo sus pinturas eran más hermosas y fluían más cuando mejor estaba, es que el padecimiento psíquico guarda muy poca relación con producir obras colosales e inigualables.

Se sabe que Vincent Van Gogh amaba el amarillo, era uno de sus colores favoritos y gran protagonista de la mayoría de sus obras. Además de utilizarlo en su producción artística, también quería apropiárselo, lo deseaba por completo, tanto, que inclusive llegó a comer óleo que utilizaba para sus pinturas, siendo el de color amarillo el predilecto. No sé qué efectos pudo tener el óleo en el organismo de este pintor, pero al parecer favorecía su creatividad, como también lo fueron los psicofármacos que recibió en más de una ocasión en todas las veces que estuvo hospitalizado en unidades de salud mental, contar con la compañía y apoyo de su hermano Theo y poder compartir con Paul Gaugin, un artista a quien consideró su tutor por muchos años: nuevamente, estando en su mejor momento, por lo menos emocionalmente, fue cuando mejores obras pudo llevar a cabo. Por supuesto que aún con el deterioro esperable por la psicopatología que lo acompañaba sus obras cambiaron, pero nunca dejo de producirlas.

Historias como las de Van Gogh son muchas, y podemos mencionar a varios artistas que han sido conocidos por su enfermedad mental además de su obra (Edward Munch, Adolf wÖlfli, Seraphine Louis, Louis Wain, entre muchos otros). Si bien fueron seres maravillosos con una producción artística invaluable, quizás mucha de ella bajo el yugo de la enfermedad mental, estoy segura de que si hubieran recibido el tratamiento oportuno, no sólo hubieran gozado de una mejor calidad de vida, sino también hubieran tenido una labor artística mucho más placentera, y seguramente, y por qué no, lucrándose mejor de ella. Creo entonces que en este punto puede verse diferente el tema de la enfermedad mental y el arte: es injusto y está mal no proporcionar el tratamiento correspondiente a quien la padece y además es artista (y lo es con cualquier persona que sufra psíquicamente). También está mal y es erróneo pensar que consumir alcohol y cualquier otro psicotrópico es justificable o se requiere para una mejor producción artística, no (este tema también ha sido bastante polémico -cuánto se ha dicho de producciones literarias increíbles «gracias a los efectos del alcohol» como ocurrió con Edgar Allan Poe, quien a propósito murió en medio de un delirium tremens o con Charles Bukowski). Recordemos que el consumo excesivo de absenta o ajenjo fue una de las causas del rápido deterioro neurológico del protagonista de este escrito, predisponiéndolo además a vivir una vida de excesos, corriendo peligro: nada de esto es justificable y habla de una enfermedad mental no tratada.

Esta terrible creencia de que el ser artista va de la mano con el sufrimiento, el consumo de sustancias psicoactivas, una vida bohemia aparentemente tranquila (que de eso no tiene nada) se cae de su propio peso, y responde a un sistema de creencias anquilosado no sólo entre muchos artistas, sino en la sociedad en general: el padecimiento psíquico no es sinónimo de genialidad artística ni de ninguna otra esfera (no estoy hablando aquí de la hipermnesia propia de algunos tipos de autismo o discapacidad intelectual o la que sobreviene tras un trauma craneoencefálico, o casos de personas que sin ser artistas, tras sufrir una lesión neurológica debutan con habilidades plásticas increíbles, ese es otro tema y no viene al caso). La enfermedad mental hay que tratarla sin navegar en el conflicto moral de privar al artista o al mundo de contar con sus obras. La enfermedad mental hace daño, punto. Ya es hora de que se desligue al artista de la psicopatología y del valor que no tiene al sufrimiento emocional. Es una visión corta, negativista y poco alentadora.

Les recomiendo a Hanna Gadsby, una comediante australiana que en uno de sus últimos stand up, «Nanette», trata este tema de una manera espectacular además de adentrarse en otras lides relacionadas con la homosexualidad y la homofobia. Simplemente maravilloso.

Los invito a promover el arte en sus vidas, en la manera que deseen. El arte alivia, sana, potencia la creatividad y va de la mano con la salud mental. Y si eres artista, deja la creencia de que debes sufrir emocionalmente para ser el mejor.

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