
Todos los días se levanta a una hora similar, siempre muy dispuesta, cariñosa, sonriente, atenta y cálida.
Tiene varios de sus hábitos ritualizados, en especial el café de la mañana, el cual toma con calma, a veces a solas, a veces en compañía de la familia, en silencio, o quizás con una hermosa canción de fondo (que podría ser de fado, o tal vez Café Tacvba, música brasilera). Es muy amorosa con todos, y por supuesto Poncho, un hermoso Cocker Spaniel es su predilecto, quien acompaña a todos en la casa desde hace cuatro años.
Es una mujer tranquila, tímida, introvertida, inteligente, ágil, amorosa, dispuesta. Su contextura delgada, armoniosa y elegante, le confieren un misticismo interesante, es romántica, suave y tiene una sonrisa envidiable, no solamente por sus bellos dientes, sino por lo amplia, lo tranquilizante y la luz que brinda a su rostro. Sus manos son creadoras, no sólo de ricos platos, en especial ensaladas que le quedan deliciosas, sino de piezas maravillosas, en las que plasma todo su esfuerzo, dedicación, amor, coraje y sabiduría, todo con mucha fuerza y suavidad a la vez, logrando que el espectador se traslade a lo más íntimo de su sentir, rozando con sutileza las fibras más sensibles de todo aquel que está dispuesto a permitir que su alma sea iluminada por tan maravillosas creaciones. Sus manos sanan, alivian, te dan la bienvenida, te reconfortan, te enseñan, te esperan, te acarician.

Es una mujer que sería una locura no conocer, pues cuando hablas con ella te enseña un sinnúmero de cosas, te hace reír, reflexionar, te ilumina con sus frases, sus pensamientos, y siempre te invita a buscar más, a querer más, a no conformarte con lo de siempre. Contar con su compañía es un tesoro invaluable, porque siempre te escucha, te corrige cuando ve que lo necesitas, te abraza, y en medio de su sutileza y tono de voz suave, de manera contundente te dice verdades inesperadas, que nunca olvidas y que te pueden cambiar la perspectiva para siempre.

Esta maravillosa mujer a la que me refiero es mi hermana, Ana Katalina, una mujer única, que contiene multiversos en su ser (decir universo no es suficiente en su caso), me ha enseñado a caminar a su lado sin desfallecer, me ha mostrado lo más bonito de la vida, me ha escuchado, me ha ayudado a levantarme, me ha dado mis mayores alegrías y los abrazos más fuertes y energéticos. Es la muestra máxima de ternura, convicción y constancia juntas, y me enorgullece tener tal ejemplo en mi vida, en mi cotidianidad.
Esta vez escribo sobre ella porque es parte de mi regalo de cumpleaños, porque hace una semana cumplimos treinta y un años compartiendo experiencias, frustraciones, caminos, logros y sueños, y es muy valioso y reconfortante para mí hacerlo. Porque como me enseñó, noviembre es un mes de transformación, de cambios, de iluminación y de sueños por cumplir.
A ti que me inspiras siempre, te dedico mis letras de hoy. Te amo.