
¿Te ha pasado que a pesar de recibir negativas respecto a un consejo que das, de distintas maneras, a la misma persona, porque te importa, y porque sabes que le haría bien, sigues insistiéndole por el simple temor de que le pase algo?
¿Te ha frustrado el hecho de que seas tú quien pueda ver la necesidad de un cambio de comportamiento, de pensamiento, de conducta, y a pesar de comunicarlo, hacerlo saber, y confiando en que lo haces de la manera correcta, aún así no te escuchan?
¿Has intentado una y otra vez, de todas las maneras posibles, acercarte a esa persona que quieres, amas o estimas, para señalarle aquello que podría cambiar para mejorar, y lo único que has obtenido de su parte, han sido evasivas, comentarios al aire, o por el contrario una crítica?
Te hago estas preguntas porque sé que representan situaciones comunes a las que muchas personas nos enfrentamos con frecuencia, y quizás varias veces por terquedad, pero también otras veces por el simple hecho de insistir, en especial a aquellas personas que son importantes en nuestra vida, bajo el argumento falaz de que «debo insistir cuantas veces sea necesario con tal de que cambie, con tal de que deje tal hábito, con tal de que se cuide». Estas aseveraciones son solamente un consuelo que nos proporcionamos a nosotros mismos, tal vez porque albergamos esperanzas en aquel cambio que estamos esperando por parte de la persona en cuestión, pero la verdad aquí es que insistir de esta manera transgrede los límites, y no solamente de la paciencia, sino del amor e inclusive del respeto.
Ante una situación particular, cualquiera que ella sea, en la que somos nosotros los que queremos obrar como consejeros, terapeutas, buen amigo, buen hijo, buena pareja, buscando que la persona a la que nos dirigimos cambie de parecer, de actuar, porque pensamos, tenemos pruebas, argumentos objetivos (como cuando deseamos que alguien deje de fumar, que baje de peso, que haga actividad física, que deje a una pareja tóxica, que abandone un trabajo desgastante, lo que sea) para que se convenza de que le conviene, confundir nuestras buenas intenciones con convertirse en un benévolo verdugo es muy fácil, y la metamorfosis en un ser desagradable, inclusive para nosotros mismos, puede tornarse inevitable.
No te estoy invitando aquí a que abandones un consejo que quieras dar, un señalamiento que quieras hacer, un dato que quieras brindar, todos porque sabes genuinamente que a esa persona le conviene, te estoy invitando a que reconsideres, así sea por lo menos una vez, si la manera en que lo haces, las veces que lo has hecho y con quienes lo haces, vale la pena, te hace sentir bien, te ayuda, o por el contrario te hace daño, de frustra y te aleja de otros asuntos importantes. A veces pareciera que insistir en cualquier aspecto que consideramos relevante se convierte en una obsesión. Y cuando eso sucede, estamos ante un problema, porque entonces nuestra motivación inicial pasa de ser nuestro deseo amoroso de que la persona cambie o mejore en algún aspecto particular, a un sermón, a un acto compulsivo de repetir argumentos para alguien que quizás no los toma en serio, no los escucha, o simplemente no considera relevantes porque no está de acuerdo, porque no nos ha puesto atención, porque piensa diferente, o simplemente, y me atrevería a decir con mucha seguridad, porque no está preparado para tal cambio.
¿Te has puesto a pensar en eso? Si se tratara de un mero desacuerdo, un punto de vista diferente, probablemente no tendrías el comportamiento casi adictivo e incoercible de insistir, pues la situación se trata simplemente de dos opiniones diferentes y válidas para cada una de las partes y ya está. Pero cuando insistes de una manera enfermiza, soñando que la persona va a cambiar por cuantas veces más le insistas, estás arando en el desierto, y la razón puede ser porque a la persona no le interesa generar el cambio o, como te dije arriba, no está preparada. Y puede que esta última razón sea una de las más comunes: muchas veces creemos tener la verdad revelada ante un cambio que creemos conveniente para una persona, pero puede que ella no lo vea por la sola razón de no estar en el momento de su vida para hacerlo. Y como todos, cada uno estará preparado para lo que necesita en el momento correcto.
Verlo de esta manera no sólo debería generar alivio, sentirse sin culpa por no insistir, bienestar por haberlo expresado, sino que también debería propiciar y favorecer el respeto a uno mismo (porque insistir infructuosamente no importa qué, también es una falta de respeto a uno mismo) y hacia los demás, en especial hacia la persona en cuestión (no podemos insistir hasta el punto de obligar a alguien a que haga algún cambio si simplemente no desea hacerlo o no está listo).
Cuando damos un mensaje de una manera clara, concisa, sin titubeos, de manera efectiva, debería ser suficiente con emitirlo una única vez, y no porque seamos jueces o seamos quienes lo saben todo, sino porque si el mensaje es de estas características, no hay por qué repetirlo, no más allá de un par de veces. Ahora, si llegáramos a estar equivocados, también podemos pedir disculpas, y de la misma manera, una sola vez, pues debería ser igual de claro. Cuando por el contrario damos el mensaje de manera reiterada, de mil maneras posibles, confiando en que sean las apropiadas, y no obtenemos respuesta, cambio, o lo que sea, es hora de evaluar no sólo la manera en que lo hacemos, sino si lo hacemos o no.
Cuando te enfrentes a una situación así, piensa una vez más cuáles son tus verdaderas motivaciones para dar el mensaje que estás dando, y acuérdate siempre de que hacerse a un lado, sin caer en la omisión, que no es el tema de este artículo, es un tema de respeto, y no sólo hacia quienes amamos, sino hacia nosotros mismos. El querer a los demás no siempre está en el hacer, también está en hacerse a un lado. Que también es un acto de amor.