Sobre lo bucólico: placer y reflexión.

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Desde hace más de 20 años vivo con mi familia en una zona muy hermosa de Bogotá, casi en las afueras de la ciudad, que se caracteriza por tener zonas verdes muy bellas y queda bastante cerca de municipios del departamento que a su vez cuentan con una riqueza natural invaluable, por lo que entre nosotros es bastante común pasar algunos fines de semana en estos lugares y disfrutar de la naturaleza.
Uno de esos bellos municipios es Sopó, conocido ampliamente en el departamento por albergar la sede principal de una de las empresas de lácteos más importantes del país, contar con hermosos parajes, parques ecológicos como El Pionono, patrimonios como El Santuario del Señor de la Piedra, y sobre todo, personas maravillosas. Desde hace unos meses quisimos explorar más a Sopó con Stephen, mi novio, así que decidimos un fin de semana irnos a disfrutar del pueblo. Llegar fue muy sencillo y la gente nos pareció muy amable. Conocimos un restaurante particular con tiernas pretensiones italianas y comimos deliciosas pastas y lasañas, luego conocimos un lugar pequeño, La Abuelita, donde disfrutamos de postres caseros y café. Ese día entendimos que debíamos volver, pero por más tiempo.
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Desde entonces hemos disfrutado de Sopó de una manera diferente, ya nos hemos quedado varias veces en un hermoso hotel, El Pedregal, que tiene una vista maravillosa, queda enclavado en las montañas y rodeado de un hermoso verde estremecedor, que te deja sin palabras y deseoso de más, de no quererte ir. Allí están Doris y Felipe (propietarios de la foto de portada de este artículo), quienes con su amor y dedicación hacen de la estadía en el hotel una experiencia maravillosa, y su hijo, Carlos, quien además de ser tan amable como ellos, es un excelente fotógrafo. Entre los tres nos dieron el regalo de tener varios fines de semana únicos y relajantes, y nos demostraron, una vez más, que el amor y la ternura son fundamentales no sólo para estar contento y tranquilo, sino para que las cosas te salgan bien.
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Estar en contacto con la naturaleza se ha convertido para mí en una especie de lujo, de privilegio, de necesidad y de inversión en mi salud emocional, pues es una manera sencilla, económica y maravillosa de entrar en momentos de reflexión muy importantes, estando lejos del ruido, del estrés de la ciudad, y de acercarse a lo más íntimo de cada uno de nosotros, convirtiéndose en un recurso fundamental para alcanzar tranquilidad, para tomar decisiones importantes, para invertir en el autocuidado, sonreír más, descubrir y evidenciar aspectos propios que quizás en contextos como el caos de la ciudad podría no ser posible, o quizás muy difícil.
Yo por ejemplo, me di cuenta de que me dolía mucho la espalda, pues venía de una semana de arduo trabajo, y no lo había sentido hasta que pude estar tranquila y en silencio en medio de la naturaleza, escuché a mi cuerpo, pude prestarle atención a mis articulaciones, mi cabeza, mis pensamientos, mi sentir, y pude dedicarle con mucho entusiasmo y alegría un buen tiempo a mis pensamientos, mis ideas, mis asuntos pendientes, de hecho tomé decisiones importantes y pude conversar sobre temas geniales con Stephen, quien al igual que yo, disfruta de estos espacios bucólicos sanadores.
Estar en medio del aire fresco, de las flores, del verde, del sonido de las aves, es una riqueza, es un lujo en medio de la vida convulsionada de hoy, y creo que todos somos responsables de permitirnos estos espacios. No hay excusas para procurar el bienestar, no hay excusas para el autocuidado, no hay excusas para buscar refugio en la naturaleza, no hay excusas para alimentar el amor propio y para disfrutar de la inmensidad del coloso, de la flora y la fauna que tenemos en el país, y en este caso, tan cerca de la ciudad. No hay excusas para regalarse momentos felices, y eso sí que es bienestar.

Un comentario sobre “Sobre lo bucólico: placer y reflexión.

  1. Me encanta el artículo y me encanta saber que ambos reconozcamos el poder ansiolítico que tiene el compartir juntos de los placeres simples de la vida (una taza de café en la mañana, la brisa del campo, el sonido del agua, el dormir bajo la lluvia).
    Sopó está y estará siempre en mi corazón.

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